LA OBESIDAD DEL PIB
La cuestión es repartir mejor la torta. No es “resentimiento” como dice el presidente de la Corte Constitucional: es desencanto social, lo que tiene a la gente en las calles.
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Octavio Quintero

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En un titular, tan aparentemente inofensivo como, “Crecemos, pero no lo suficiente” (El tiempo, editorial, 16/02/2020), se encierra toda una argucia económica y de filosofía mercantilista. La premisa es: si no es suficiente hay que crecer más. Pero, como el crecimiento se está quedando en manos del 1%, entonces, ¿para qué o quién crecer?
A lo largo del tema, el editorial no toca, ni insinúa siquiera, el problema más grave de Colombia, y el mundo: la desigualdad, problema reconocido y reiterado por intelectuales de la talla de Piketty, Stiglitz y Krugman. Mientras el mundo, y Colombia, por supuesto, que ostenta un deshonroso lugar en este campo, no acometa en serio el problema de la desigualdad, cualquier incremento en el PIB pasará directo a engrosar las arcas de los Jeff Bezos, Bill Gates y Cía., hombres cuyos ingresos diarios pueden superar fácilmente los 3.500 millones de dólares, y alcanzar hasta 6.000 millones, según el Índice Bloomberg; o, como en el caso colombiano, el del banquero Luis Carlos Sarmiento Angulo, cuyas empresas le producen diario, 112 millones de dólares.
Hace rato que el mundo académico abandonó el PIB como síntoma de salud económica nacional y mundial; como se abandonó el criterio, hasta hace poco dominante en las familias, de que los niños gorditos eran saludables. Haciendo la analogía, la robustez de unos cuantos solo refleja la flacidez de muchos; o, también: si la manguera que surte de agua a la población tiene salidas más anchas para unos pocos, lo que llega al final es muy poco para muchos. La solución no estaría en aumentar el caudal sino en revisar las salidas de la manguera.
Insistir en crecer el PIB sin revisar la distribución de la riqueza, es una falacia económica que apuntala el neoliberalismo desde sus cómodas tribunas mediáticas. Y lo hacen con argumentos tan sutiles, que calan en lo profundo de la imaginación. Y, como ellos tienen la sartén por el mango, a la gente no le queda más, sino botarse a las calles, no llenos de “resentimiento”, como equivocadamente dice el nuevo presidente de la Corte Constitucional, sino llenos de razones en que la desigualdad es el corazón del desencanto social.
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